Mi viaje a Japón (Parte III)
Tras dejar kamakura atrás con una visita fugaz, me encontraba a bordo del tren que me llevaría a Nikko antes de la hora de comer.
La duración del trayecto es corta, unos 45 minutos pero me dió tiempo a conocer a una adorable pareja americana, Paul y Naoko, jubilados que estaban de visita en Japón para ver a la familia.
Charlamos amistosamente sobre mi viaje y lo sorprendidos que estaban de lo que me había decidido a hacer.
Se prestaron a hacerme de guía por Nikko a lo que yo accedí sin problema alguno.
Comimos en un restaurante muy típico, pequeño y acogedor y tras la ingesta nos dirigimos hacia el monte shinto en el que se ubican muchos templos dedicados a ésta religión.
Precioso es decir poco, maravilloso, evocador. Te conducía a la época Edo con samurais y monjes... todo impecable y en un estado de conservación asombroso.
Se respiraba tranquilidad, sosiego, paz... una maravilla.
Visitamos la tumba de Tokugawa, el templo de los 3 monos y las llamadas "Bodegas de los Dioses" en las que había cientos de barriles de sake.
Se nos pasaron las horas rapidísmo y disfruté de la visita como un niño pequeño.
Ésto era lo que venía buscando yo al hacer éste viaje, esa sensación de paz y armonía.
Todo alrededor mío me hacia sentir bien, en paz... los jardines, el silencio, el agua correr...
Pero todo llega a su fin y el ocaso me indicó que debía volver a la gran urbe.
Nos despedimos Paul, Naoko y yo efusivamente y les dí las gracias de corazón por haberme acompañado en ésta visita.
Durante el trayecto a la estación de Ueno en Tokyo rememoraba los detalles del día quedándome absorto en mis pensamientos.
Llegué al hotel ya tarde, el comedor estaba cerrado, así que decidí irme a cenar a un parque cercano al río en el que había mucho alboroto debido a que eran los festejos de primavera.
Mucha gente cenando, bebiendo y cantando karaokes portátiles.
Me senté en una de las grandes lonas que había sobre el césped y me comí mi ben-to que me había comprado en el seven-eleven de la esquina.
Pronto se sentó gente a mi lado y me invitaron a comer y a beber cosa que acepté encantado hasta que el cansancio hizo mella en mi y me dispuse a marchar a mi habitación.
Dômo Arigatô Gozaimasu ( muchísmas gracias por todo) dije a mis acompañantes de lona antes de marchar.
Llegué, te verde calentito y a dormir que quedaban muchos días aún.
La duración del trayecto es corta, unos 45 minutos pero me dió tiempo a conocer a una adorable pareja americana, Paul y Naoko, jubilados que estaban de visita en Japón para ver a la familia.
Charlamos amistosamente sobre mi viaje y lo sorprendidos que estaban de lo que me había decidido a hacer.
Se prestaron a hacerme de guía por Nikko a lo que yo accedí sin problema alguno.
Comimos en un restaurante muy típico, pequeño y acogedor y tras la ingesta nos dirigimos hacia el monte shinto en el que se ubican muchos templos dedicados a ésta religión.
Precioso es decir poco, maravilloso, evocador. Te conducía a la época Edo con samurais y monjes... todo impecable y en un estado de conservación asombroso.
Se respiraba tranquilidad, sosiego, paz... una maravilla.
Visitamos la tumba de Tokugawa, el templo de los 3 monos y las llamadas "Bodegas de los Dioses" en las que había cientos de barriles de sake.
Se nos pasaron las horas rapidísmo y disfruté de la visita como un niño pequeño.
Ésto era lo que venía buscando yo al hacer éste viaje, esa sensación de paz y armonía.
Todo alrededor mío me hacia sentir bien, en paz... los jardines, el silencio, el agua correr...
Pero todo llega a su fin y el ocaso me indicó que debía volver a la gran urbe.
Nos despedimos Paul, Naoko y yo efusivamente y les dí las gracias de corazón por haberme acompañado en ésta visita.
Durante el trayecto a la estación de Ueno en Tokyo rememoraba los detalles del día quedándome absorto en mis pensamientos.
Llegué al hotel ya tarde, el comedor estaba cerrado, así que decidí irme a cenar a un parque cercano al río en el que había mucho alboroto debido a que eran los festejos de primavera.
Mucha gente cenando, bebiendo y cantando karaokes portátiles.
Me senté en una de las grandes lonas que había sobre el césped y me comí mi ben-to que me había comprado en el seven-eleven de la esquina.
Pronto se sentó gente a mi lado y me invitaron a comer y a beber cosa que acepté encantado hasta que el cansancio hizo mella en mi y me dispuse a marchar a mi habitación.
Dômo Arigatô Gozaimasu ( muchísmas gracias por todo) dije a mis acompañantes de lona antes de marchar.
Llegué, te verde calentito y a dormir que quedaban muchos días aún.








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